jueves, 24 de julio de 2008

Cañas al atardecer en mi barrio

Anoche me senté en una de las terrazas de mi calle, a cocerme de calor delante de una cerveza con limón. Eso no tiene demasiado de extraordinario; el calor está siendo insoportable en Madrid esta semana, y la cerveza es uno de los escasos paliativos que ofrece el atardecer. A esas horas, las terrazas están hasta arriba de gente; hay una gran cultura de cañas en mi calle.

Así que todo era absolutamente normal, y nada hacía presagiar lo que estaba a punto de suceder. Una pareja, chico y chica, muy jóvenes, mantenían una discusión a escasos metros de la terraza. En realidad, no mantenían una discusión, y esta es una de esas trampas del lenguaje. Para discutir hacen falta dos personas argumentando. En este caso, el único que hablaba -dudo que argumentara, por lo que pude escuchar- era él. La verdad es que yo no me enteré hasta que había pasado un rato; cuando quise mirar él estaba soltando gritos, gesticulando, mientras ella, arrinconada contra la pared, aguantaba el chaparrón, lívida. Después, se echó a llorar.

Reacción: ninguna. Estaban a unos dos metros, como digo, de donde todos y todas nosotras, bebedores y bebedoras de cerveza, descansábamos tras un largo día de calor y de trabajo. Todo el mundo continuó a lo suyo, como si tal cosa, sin enterarse de nada.

La bronca siguió. Él le reprochaba cierto comentario sobre algo, que parecía haber corrido de boca en boca, y de lo que todo el mundo -sus amigos y amigas- estaba enterado, por culpa de ella. Después, remató su enfado: "¿Y con qué cara me presento yo ahora? ¿Con cara de maltratador?"

Fue entonces cuando algunas cabezas se volvieron a mirar. Interesante, ¿verdad? La forma en que ciertas palabras consiguen lo que ya era evidente con sólo observar la escena, las posturas corporales, las acciones y reacciones.

La situación me pareció terrible. Sé que la violencia es algo que sucede, que es real, y que está presente incluso en las relaciones de los chicos y las chicas más jóvenes -no tendrían más de dieciséis años-. Sé que está ahí, y por qué. Pero no puedo evitar quedarme helada cuando lo veo ante mis ojos -incluso con una cerveza por en medio-. Por lo demás, la escena terminó de desarrollarse siguiendo las pautas del manual. Ella lloró, él se mantuvo en sus trece. Después la abrazó, y durante un tiempo ella se mostró esquiva. Se alejaron un poco, quizás conscientes de las miradas ajenas, pero continué observándoles en la distancia. Él pareció de pronto hundido, puede que incluso llorara. Finalmente, volvieron a abrazarse y se besaron. Fin de la historia. Hasta la próxima.

Cada vez son más las historias de este tipo que la gente me relata, en la calle y a plena luz del día. Si alguien hubiera intervenido, si alguien hubiera tenido la osadía de arrinconarle a él contra la pared, de increparle, y gesticular, o si, simplemente, las miradas de todas y todos los allí presentes, desde detrás de nuestra cerveza, se hubieran puesto de acuerdo para expresarle, siquiera de manera silenciosa, todo nuestro rechazo, nuestra repulsión y nuestro asco, quizás, como tantas veces ha sucedido, ella se habría puesto de parte de su novio.

En cualquier caso, si podemos sacar alguna conclusión constructiva de todo esto, podrían ser las siguientes. Para empezar, ese efecto tan claro que palabras como "maltratador" y otras tienen demuestra ni más ni menos la inmensa importancia que tiene el lenguaje a la hora de identificar realidades. El ejercicio de nombrar las cosas no es baladí; les confiere existencia social, y ese reconocimiento de existencia es el primer paso para cambiarlas. Lo cual viene a probar algo que yo he repetido hasta la saciedad, en este blog y en otros lugares: la despreocupación por el uso de un lenguaje sexista, injusto y que invisibiliza a determinados sujetos y determinadas realidades es efecto, pero también causa, de las mismas situaciones de sexismo, injusticia e invisibilidad que expresa -o no expresa, justamente-.

Para continuar, todo esto respalda mis consideraciones sobre el perfil sociológico de mi barrio (véase entrada "Me hago guerrillera", de 24/06/2008). Resulta evidente que la gente, literalmente, está ciega -también por esto conviene llamar directamente a las cosas por su nombre- o es tonta. O una feliz mezcla de ambas cosas. Cuando escuchas el emocionantísimo viaje juvenil a Sydney, para encontrarse con el Papa Ratzinger, u observas la cantidad de banderitas españolas estratégicamente colocadas en las muñecas de hombres y mujeres -sí, se trata de una consigna bien aprendida-, no te queda más remedio que llegar a la conclusión de que, efectivamente, la única esperanza para tu barrio es un plan de choque como el de la Guerrilla Feminista que yo proponía.

Para terminar, sólo diré que, en la mesa de al lado de la terraza en la que yo estaba sentada, una niña de un año o así acaparaba todas las atenciones. Mirándola, con la escena de la pareja aún reciente, y ante el panorama del barrio, y el del mundo en general, no pude evitar acordarme de la "Caperucita" de Ismael Serrano: "Serás futura oveja para un lobo feroz..."

No podemos permitirlo. Reaccionemos, ovejas: des-ovejémonos todas.

2 comentarios:

CRISTINA dijo...

Qué razón tienes Lola. Nos sabemos la teoría, nos asombramos cada vez que aparece otra noticia en la prensa, pero cuando lo tenemos delante de nuestras narices nos parece todavía mentira. Nada como la educación desde pequeños para transformar nuestra cultura en una donde este tipo de situaciones nos hagan levantarnos de la terraza y decirle cuatro cosas a esos hombres que siguen haciendo cada día que la igualdad sea aún una utopía.
Nos haremos guerrilleras.

Besitos!!!

Lola Fernández de Sevilla Gómez dijo...

Hola Cris!!

Gracias por tu mensaje, es que lo de mi barrio es muy fuerte en general.
Me imagino que ya debes de estar de vacaciones, y a punto de irte a Portugal.
Espero que lo paséis muy bien los dos y que volváis con energías renovadas, besitos!!

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