martes, 17 de octubre de 2017

Vestida de nit




(Simón el pequeño castor, de Estela Ortells, 1988; y Otoño en Valdehelechos, de John Parence, 1987.
Suena esto)

sábado, 14 de octubre de 2017



(Ilustración de Joana Avillez)

jueves, 12 de octubre de 2017

viernes, 6 de octubre de 2017

martes, 3 de octubre de 2017

sábado, 30 de septiembre de 2017

Trabajo, trabajo, trabajo



Ayer comencé las clases de acuarela.
Trabajo, trabajo, trabajo. E InDesign. Y espejo retrovisor.
Mañana nos vamos a Barcelona.

martes, 26 de septiembre de 2017

sábado, 23 de septiembre de 2017

viernes, 22 de septiembre de 2017

Proyecto Levadura




(Imágenes de Marta Leiva)

martes, 19 de septiembre de 2017

I did it!



Desde anoche formo parte de Netflix: tan feliz como abrumada.
De momento, estreno con Better call Saul (spin-off de Breaking Bad) y revival de Friends (que no ha envejecido bien).
Y muy pocas horas de sueño...
Veremos.

sábado, 16 de septiembre de 2017

La melancolía (parisina)



Eres Parisina, o sea, melancólica. Sumergida en los colores de tu ciudad. Conoces esa tristeza sin motivo, esa esperanza sin objetivo. Son los recuerdos perdidos y los perfumes que resurgen. Son los seres amados, que ya no están. El tiempo que pasa y una sonrisa dirigida al pasado.

No dura nunca mucho, pero ese humor tan particular te sustrae durante unos instantes al resto del mundo. Y te da ese aire ausente y absorto que se apodera de ti a veces.

Estás sentada en un restaurante, sola. No tenías una cita con nadie que no fueras tú misma. Con el libro en la mesa, miras a lo lejos, ante ti, sin ver a nadie ni oír las risas que suenan a tu alrededor.

Por la ventanilla del taxi ves desfilar, en silencio, los barrios y la gente feliz que se apresura. Tu respiración se vuelve más lenta. Pides al taxista que ponga la música más fuerte, para que acompañe tus pensamientos.

Demasiado temprano, por la mañana. Vas andando en el sentido contrario a la multitud que entra en el metro. Vas despeinada, pero tus joyas brillan todavía con el fasto de la víspera. Tu corazón se rompe en el camino de vuelta, y no le dirás a nadie por qué.

Alguien te habla, pero no prestas atención a lo que te cuenta. Porque has notado a lo lejos ese olor a vela encendida que te sumerge en el fondo del barrio perdido de tu infancia.

En verano, sobre todo, eres muy sensible a esa hora especial del crepúsculo. Entonces tu corazón se esponja como si toda la memoria del mundo afluyese hacia ti. No quieres hablar con nadie, y te encierras en tu habitación hasta que cae la noche.



(Anne Berest, Audrey Diwan, Caroline de Maigret y Sophie Mas, Cómo ser parisina estés donde estés, 2014)

miércoles, 13 de septiembre de 2017

lunes, 11 de septiembre de 2017

La soledad de las piscinas



Podríamos decir, así, que nuestra consciencia está compuesta por un 70% de agua; océanos, lagos, ríos, piscinas tienen su continuidad en nosotros y se filtran hasta lo más profundo del pensamiento.


(Alicia Kopf, Hermano de hielo, 2016; imagen de Ji Hyeon Lee, La piscina, 2013)

sábado, 9 de septiembre de 2017



Comme toutes les galettes bretonnes du marché


(*Como todas las galletas bretonas del mercado)

miércoles, 6 de septiembre de 2017

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Vuelta a casa


(Imagen de contemporist.com)

sábado, 2 de septiembre de 2017

Y esto era lo que en realidad necesitaba hoy

Diez años en cinco puntos

1. En 2008 yo estaba muy enfadada. Leía la prensa todos los días, a primera hora, cuando llegaba al trabajo. Aún no usaba redes sociales. Pero argumentaba duramente con cualquiera que se prestara; lo hice muchas veces en este blog, y de aquella ira quedan buenos ejemplos en el archivo de esa época.

2. A partir de 2010, más o menos, dejé de enfadarme. Dejé de argumentar. No creo que fuera una decisión consciente. La política desapareció de mi vida como una actividad diaria, como un empleo y una militancia con siglas determinadas; y esto sí que fue algo voluntario y meditado. Mi activismo interior no disminuyó, pero de alguna forma me relajé. Ya no sentía la necesidad de enfadarme, ni de argumentar o convencer a nadie. Empezó a ser algo así como pensar: Si tengo que convencerte de esto... es que ni siquiera me interesa lo que pienses, no quiero hablar contigo. Dejé de hacer pedagogía.

3. No leo la prensa. Ni veo tertulias políticas en televisión. Los únicos debates y polémicas que me llegan, lo hacen a través de redes sociales, por mensajes y enlaces de gente individual y más o menos cercana. De hecho, estoy en contra del periodismo, tal y como actualmente se practica: me parece una fábrica de amarillismo y espectáculo. Un cuarto poder acorde con el sistema al que retroalimenta: uno en el que todo puede ser comprado, y por tanto también vendido.

4. Se me ocurre lo siguiente. Ahora que estoy leyendo El cuento de la criada, ahora que por primera vez en casi diez años, me veo en la tesitura de volver a enfadarme y argumentar (cuando lo que quisiera es seguir navegando en Pinterest)... Ahora, un experimento de ciencia ficción. Estoy pensando que si todos nuestros hermanos, nuestros novios, nuestros padres, primos y amigos, si todos ellos pudieran vivir, durante un solo día de sus vidas, uno solo, sintiendo y viviendo como si fueran una mujer, si pudieran experimentar el mundo desde la perspectiva y el lugar del mundo que ocupara esa mujer... quizá entonces no sería necesario argumentar mucho más. Mostrar en vez de explicar. No pienso en esas películas tontas en las que Mel Gibson se ve obligado a depilarse las piernas... aunque también. Me refiero a una experiencia completa, holística. Se me ocurre que si tal cosa fuera posible, entonces nuestros padres, nuestros hermanos, primos, novios y amigos podrían sentir algo más que el impacto de la cera caliente sobre la piel; todos ellos, de una vez, experimentarían el dolor más allá de la cera. Los abusos, los contactos físicos y virtuales no buscados, sino impuestos; en los medios de transporte, en el trabajo, dentro de la familia. Todas las preguntas, todas las miradas, todas las presencias (políticas, médicas, epistémicas) sobre sus cuerpos. O simplemente el temor de que sea demasiado de noche, y haya poca gente para volver a casa. La necesidad constante de demostrar: lo que se vale, lo que se sabe, lo que se puede. Se verían también obligados a escuchar las explicaciones y las lecciones constantes de quienes les rodean, claro. Y además entenderían cuál es el verdadero significado, por ejemplo, de la palabra culpa... Me agota argumentar. Pero se me ha ocurrido que si por un solo día esto fuera posible, entonces ellos podrían al fin sentir en sus cuerpos un poco (24 horas, en definitiva) de esa herida profunda que nos atraviesa a nosotras todos y cada uno de los días de nuestras vidas. Esa vieja herida, que es nuestra, de cada una (no existe una sola mujer que no haya sido agredida de algún modo, a lo largo de su vida, por el solo hecho de ser mujer), y que nunca puede llegar a curarse del todo porque además de ser de cada una es también de todas las demás. De las que nos rodean y también de las que nos precedieron. Por eso es una herida vieja que en muchos casos está ulcerada. Por eso. Esa vieja herida que consiste en ser mujer: en portar sobre tu cuerpo todas las humillaciones, las violaciones, las burlas y las difamaciones que las demás tuvieron que soportar antes. En algún momento. En algún lugar. Porque el cuerpo, resulta, no es algo solo individual, y además siempre recuerda... Al fin podrían entender de qué hablamos; y también de qué callamos.

5. No he seguido el caso Juana Rivas este verano. La verdad es que evito leer sobre cualquier caso que tenga que ver con la llamada violencia de género. Me abre esa herida, soy así de sensible. El dolor me sobresalta y en cosa de un rato ya estoy otra vez cargando sobre mis hombros con todo el sufrimiento de los últimos milenios. Y también porque no quiero argumentar; me cansa, me enfada y no me hace más feliz. Pero hoy, sí, he terminado leyendo la entrevista de El País al ex marido de Juana Rivas; y me he enfadado. Por el contenido de la entrevista, y por el tratamiento periodístico. No la conozco a ella, ni los detalles de su historia, pero un maltratador nunca debería ser colocado al mismo nivel de autoridad moral que su víctima, y eso es lo que hace esta entrevista. ¿Alguien se imagina una entrevista similar al culpable de un asesinato no sexista? Y por otro lado, volviendo a Margaret Atwood y sus criadas, hay un sesgo en todo esto que me preocupa: cuando la prensa hace sensacionalismo con estos casos, cuando se forma un circo mediático de compra-venta de sucesos, lo que pasa deja de importarnos; los protagonistas se convierten en muñecos, son otros, distintos de nosotros, a los que les suceden estas cosas. Solo que nosotras sabemos que no; nosotras sabemos que las otras siempre somos nosotras... Y ya, paro de hacer pedagogía: ya sabes, si tengo que convencerte de esto (de esto, para lo que no tengo ni palabras...) es que no me interesa lo que pienses.

sábado, 26 de agosto de 2017

martes, 22 de agosto de 2017

¡JA!



Un taller para investigar en torno al humor como herramienta política y creativa.
A partir del 9 de octubre en sus mejores pantallas... en Helvéticas.

domingo, 20 de agosto de 2017

Phoebe Wahl


Esta es Phoebe Wahl, una ilustradora estadounidense que he descubierto hoy.
Las vueltas de vacaciones son fecundas en hallazgos.
Se crió desescolarizada en el estado de Washington, donde sigue viviendo y dibujando cosas tan bonitas como estas:






💚

viernes, 18 de agosto de 2017

miércoles, 16 de agosto de 2017

La amiga estupenda





-¿Qué podrá ser? -pregunté.
Carmela lo sabía todo. Ella sangraba todos los meses desde hacía un año.
-Es normal -dijo-. Por naturaleza, las mujeres tenemos el mes, sangras unos días, te duele la barriga y la espalda, y luego se te pasa.
-¿Seguro?
-Seguro.
El silencio de Lila me empujó hacia Carmela. La naturalidad con la que me había contado lo poco que sabía me tranquilizó, hizo que me resultara simpática. Pasé toda la tarde hablando con ella hasta la hora de cenar. Averigüé que por esa herida no te morías. Al contrario "significa que eres mayor y que puedes tener hijos, si un hombre te mete su cosa en la barriga".


(Elena Ferrante, La amiga estupenda)

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