miércoles, 25 de noviembre de 2009

Yerma marchita

Dudo y dudo antes de escribir esta entrada. Me ocurre siempre que aún estoy pensando y quizás es pronto para empezar a escribir. ¿Qué quería decirnos Lorca con esas últimas palabras en boca de Yerma? ¿Qué trataba de decir Yerma? Después de tantas páginas, sollozos y conjuros de loa a la maternidad, a la feminidad de lo fértil, de la leche y de las nanas.

Me fascinan los personajes de Lorca. Las mujeres de Lorca; me intrigan porque mientras las leo no dejo de hacerme preguntas. Sobre todo con Yerma. A estas alturas el discurso de la maternidad a mí me sigue provocando tantos escalofríos como en su día debía provocarle a Simone de Beauvoir (ella recomendaba a las mujeres de su época que no fueran madres). Así que cuando Yerma sufre por no serlo yo no dejo de enarcar una ceja preguntándome por el significado de todo ello.

La primera vez que leí Yerma tenía trece años y todavía estaba en el colegio. Creo que tuvimos que leerlo para la clase de literatura. Y ya hubo algo que se me movió dentro. No sabría explicar qué, ni obviamente lo supe entonces. Después, durante años, la obra ha estado persiguiéndome de manera casi imperceptible; sin embargo, no he conseguido verla representada, a pesar de que he estado a punto varias veces.

Ahora que he vuelto a leerla, catorce años después, la mitad de mi vida después, mi mirada, seguro, ya no es la misma. No he buscado, probablemente, las mismas cosas. Yerma languidece en su aldea junto a un marido al que en realidad no quiere porque anhela un deseo por encima de todo: un hijo (o imagino que una hija). Y cuando dice que quiere beber agua y no hay vaso ni agua o se pregunta si es preciso ver en el hombre al hombre nada más yo tiemblo.

Pero sobre todo, sobre todo, tiemblo al final, cuando declara, afirma, haber matado a su hijo. Pienso en Medea y en la condena de una libertad radical, liberación para ella, Yerma, del fantasma del hijo que la persigue y de la realidad del marido, la casa, la aldea. En la posibilidad de una liberación trágica, porque Yerma se condena con ella. Y lo sabe. Pero elige y actúa. Y desea. Y grita, exclama, habla, explica.

Mis ojos no son los mismos que leían hace catorce años. ¿Escribió Lorca toda la obra sólo para poder llegar a esa última frase, para dejar que Yerma avanzara un paso, más allá de donde nadie hubiera creído posible? Quizás no, pero, ¿qué importa? ¿Pertenece Yerma más a Lorca o a quienes hoy seguimos leyéndola y emocionándonos, pensándola e interpretándola? Ese es el juego; lleno de ambigüedades, de contradicciones y de fuerza.

He agradecido esa frase como pocas otras en todos los libros que he leído. Como le agradezco a mi profesora de lengua y literatura, haberme obligado a leer a Lorca, por primera vez, con trece años.

Y le agradezco al lenguaje, a las palabras; a las posibilidades que éstas nos brindan, siempre a un solo palmo pero nunca completamente resueltas.

2 comentarios:

a p n e i c a dijo...

quién somos, quién seremos ante la posibilidad de crear vida. cuán grande tarea nos cae sobre los hombros al decidir si este es nuestro destino. y desde tan pronto.

ser medea con 13 años, ser yerma con 45. ser infértil porque la tierra en la que te pusieron no te deja usar tus manos para construir lo que llevas dentro.

tiene tantas posibles lecturas... también podría estar hablando del deseo de muchos hombres de poder realizarse de ese o de otro modo. sí, creo que esta obra también habla de ellos. y de nosotras. tanto.

gracias por compartir. puede que la lea de nuevo. aunque ya la vi. y seguro que la contemplé de un modo diferente.

Lola Fernández de Sevilla Gómez dijo...

Gracias, apneica, por tus comentarios. La verdad es que el final me ha dejado sin aliento. Necesito verla sobre un escenario como sea.

Besos!

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