domingo, 26 de febrero de 2017

There's a Monster Inside



Aquellos mismos signos los advertí en las casas de campo de las afueras de la ciudad y en las casas de dos pisos de Long Island, Nueva Jersey y el condado de Westchester; en las casas coloniales de una pequeña ciudad de Massachusetts; en los patios de las casas de Memphis; en los apartamentos de las afueras y de los centros de las ciudades; en los cuartos de estar de las casas del Medio Oeste. A veces percibía el malestar, no en mi calidad de periodista, sino como ama de casa de un barrio residencial, porque durante aquella época yo misma estaba criando a mis tres retoños en el condado de Rockland, Nueva York. Oí ecos del malestar en los dormitorios de los colleges y en las salas de las maternidades semiprivadas, en las reuniones de las PTA y en los almuerzos de la League of Women Voters, en los cócteles que se celebraban en los barrios residenciales, en las rancheras que esperaban en la estación a que llegara el tren y en fragmentos de conversaciones que llegaban a mis oídos en Schrafft's. Las titubeantes palabras que oía en boca de otras mujeres, en las tranquilas tardes en las que los críos estaban en el colegio o en las serenas veladas en las que los maridos llegaban tarde a casa porque tenían que trabajar, creo que lo comprendí como mujer mucho antes de que me diera cuenta de las implicaciones sociales y psicológicas del malestar. 


Betty Friedan, La mística de la feminidad


Sonando esto.

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