jueves, 25 de noviembre de 2010

Mi grito

Quiero gritar.

Es curioso. La vida parece llena de razones para hacerlo y ahora mismo, si presto atención, encuentro una casi en cada centímetro de mi cuerpo. Cosas buenas y cosas malas (lo peor, decían, sería morir de indiferencia).

La duda acerca de una insalvable incapacidad para la acción. La falta de talento. La (siempre temida) mediocridad. La desubicación. El fantasma de la no pertenencia. La inadecuación. El miedo al ridículo. El temor a fallar, a equivocarme, a hacer daño equivocándome. A caer y no poder levantarme. A arrastrar a otras/os en mi caída. El terror a perder el control; a no ser lo bastante buena, y a sí serlo, por tanto. El miedo a la separación. A la soledad. A crecer. A dejar de ser. A la muerte. A la enfermedad. A los otros. A las otras. A los puntos y a las comas. A los espacios. A no poder terminar lo que empiezo; y también a no permitirme dejar lo que no me apetece terminar. Miedo del tiempo, de la prisa. La búsqueda del silencio, de los sabores y de los colores. La sospecha desesperanzada de que mi imaginación deje un día de parecerse a una esponja natural, que es lo que ahora me parece. La velocidad, el ritmo de ahí afuera. Y el de dentro. Las palpitaciones, la respiración entrecortada; la ansiedad. El miedo al propio cuerpo y al ajeno. El miedo al miedo. El deseo de llorar y no poder. O la incapacidad de parar. Las dudas porque... ¿qué hacer? El orden y el desorden. Las adicciones legales. El querer permanecer bajo las gradas oscuras de aquella aula de teatro; el temor a verme expulsada. La violencia de la gente en el metro, cuando te golpeas con ella accidentalmente. Los sonidos silbantes, en mitad de la noche, de labios ajenos, no pedidos ni deseados. El espacio innecesariamente ocupado, de lado a lado de la acera, por quienes (creen que) lo poseen. La complacencia. La necesidad de predicar -¿predicar qué? Las tesis y la falta de ellas. Dejar de ver. Y no conseguir dejar de hacerlo en ningún instante. Quién soy. Por qué lo soy y para quién. Y la fuerza. Ese grito que nace de dentro y brama por todo ello.

Algo malo le sucede a la sociedad, o a quienes en ella viven, cuando una se da cuenta de que no puede gritar. No existen espacios, ni tiempos, en nuestra vida para ello. Aprendí lo que es golpear, con fuerza, hace tiempo; también esa posibilidad nos ha sido arrebatada.

¿Y los gritos? ¿Y el grito? Está ahí dentro. Lo sé. Pero no consigo hacerlo salir. Sólo un sonido gutural, que me daña la garganta. Sal, sal, le digo. Quizás he equivocado la estrategia y lo que deba hacer es mimarlo hasta convencerle y hacerle ver que tiene que dejarse ver de vez en cuando. Sal, sal... te estoy esperando. Sal, sal...

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