sábado, 2 de agosto de 2008

También aburrida

"También aburrida

Quisiera expresar mi indignación ante los numerosos artículos misóginos de Javier Marías, y, en concreto, ante sus palabras en “El pelma ante los plastas” (El País Semanal, 13/07/2008; www.elpais.com/articulo/portada/pelma/plastas/elpepusoceps/20080713elpepspor_11/Tes/). Efectivamente, a mí ya me aburre el tema; como feminista, estoy cansada, muy cansada, de tener que explicar y argumentar (apuesto a que incluso más que el señor Marías, que desde luego tiene el statu quo de su parte) que el lenguaje tiene una dimensión pragmática, y por lo tanto política, capaz de crear mundo y realidad, y por lo tanto de reforzar las desigualdades existentes entre mujeres y hombres. El tema del lenguaje sexista, me temo, no es una tontería sin fundamento que se nos haya ocurrido a unas cuantas personas desocupadas, como se nos dice en su artículo.
Por otro lado, y más allá de la indignación, manifiesto mi preocupación ante la ignorancia que trasmiten sus palabras. Para empezar, a la hora de identificar feminidad y feminismo, dos cosas que, evidentemente, no son lo mismo. Para seguir, al hacer esas comparaciones tan misóginas, a la hora de identificar la virilidad con cosas como tener las cejas muy pobladas (en el caso de Carrero Blanco) o con John Wayne; ¿hasta cuándo tendremos que seguir aguantando estas definiciones tan injustas y discriminatorias de lo que es ser hombre y ser mujer? Y, para concluir, cuando habla del
feminicidio como si fuera un mero problema de lenguaje; señor Marías, si empleamos esta palabra no es meramente porque las víctimas sean mujeres, sino con el ánimo de señalar la importancia y la magnitud de una realidad específica (al igual que sucede cuando decimos “fratricidio” o “infanticidio”), que, sí, afecta exclusivamente a las mujeres –y por el sólo hecho de ser mujeres-. Si alguien necesita convencerse de esto último, aconsejo una rápida puesta al día de la situación en Ciudad Juárez, por ejemplo.
Usted dice que está aburrido de explicar las cosas una y otra vez, sin conseguir hacerse comprender. Yo le comprendo perfectamente; comprendo muy bien el tipo de reacciones como la suya (y también estoy aburrida). Pero nunca va a convencerme, señor Marías. Ni a mí ni a muchas feministas (la mayoría somos mujeres) como yo. Le propongo que no pierda más tiempo: muestre un poco de respeto y asuma que no estamos de acuerdo con usted. Por eso no daremos nuestro brazo a torcer".


Esta es la carta que mandé a El País, hace más de dos semanas, con la esperanza de que fuera publicada en la sección de "Cartas al Director" de El País Semanal. Surgió como reacción ante el artículo mencionado más arriba. Acción-reacción. Porque el artículo de Javier Marías, a su vez, surge como reacción más que lógica ante lo que su autor vive como un intento de desligitimación de su... ¿género? (Me imagino que él ni siquiera admitirá el uso de esta palabra). Digo "reacción lógica" aunque, en realidad, no es ante un intento de deslegitimación ante lo que nos encontramos. Pero sigue siendo lógica, porque cuando a alguien -o a un vasto conjunto de alguienes- se le amenaza con el fin de su histórica e incuestionada posición de poder, lo lógico, lo esperable, es que se revuelva incluso con violencia, se desagañite y emplee cualquier recurso a su disposición con el fin de conservar el estado de cosas actual.

Así pues, nos encontramos ante un problema de poder. De lucha por el mismo y de pérdida de privilegios por parte de quienes siempre los han ostentado. Ni más ni menos. Como la del poder es una de las cuestiones, en teoría política, más viejas del mundo, me empeño en responder a estos ataques por medio de las herramientas de las que la política -y en concreto la política democrática- nos provee. El movimiento feminista, además, sabe mucho de democracia.

Por eso no me importa responder al señor Marías utilizando argumentos y razones. Incluso a pesar de que él emplee a menudo su simple autoridad, y se burle con desdén de quienes manifestamos posiciones contrarias -como su fuéramos tontas-, como medio de persuasión. La verdad es que no somos tontas -no, al menos, en una proporción mayor al resto de la humanidad-; si no nos convencen los artículos de Marías es, simple y llanamente, porque creemos que nuestras razones son mejores y más justas. No se trata de un problema de sordera, estupidez o falta de comprensión; como decía, yo le entiendo muy bien. Cuanto más tarde en asumir esto último, señor Marías, más nos aburriremos todos y todas; incluido usted, como bien dice.

Mis esperanzas eran vanas, según parece. El País no ha publicado mi carta -cosa que ya me advirtieron quienes lo habían intentado previamente-. Por eso he decidido publicarla aquí. Casi me arrepiento ahora de lo suave que suena.

De todas formas, sí que ha habido reacciones. El domingo pasado Javier Marías publicó otro artículo en El País Semanal (www.elpais.com/articulo/portada/Siglos/desperdicio/elpepusoceps/20080727elpepspor_6/Tes/), en el que se dolía de los largos siglos de opresión femenina y de la grave pérdida que esta ha supuesto para la humanidad. Enternecedor.

Llevo semanas pensando que estas van a ser mis últimas referencias sobre el tema Marías, de verdad. Y tengo intención de no perder ni un segundo más de mi vida pensando en sus misóginos artículos. Pero, como imaginarán quienes me conocen, no puedo prometer nada.

Por cierto, si alguien ha pensado que la acusación de ignorancia, en la carta, era muy fuerte, el último artículo me confirma en la misma. No es cierto, señor Marías, que las mujeres estadounidenses no se incorporaran al mercado laboral durante la Segunda Guerra Mundial; es sencillamente falso. Si leyera La mística de la feminidad, de Betty Friedan, lo comprendería. Le invito a leerlo, este y muchos otros libros y artículos sobre el tema. Un sillón en la RAE no es garantía, como puede verse, de la verdad ni la sabiduría absolutas. Tengámoslo en cuenta.

5 comentarios:

MujeresNet.Info dijo...

¡Hola!
Me gusta tu estilo, tu fuerza y bravura. Me gustaría intercambiar enlace contigo.
Saludos solidarios.
Elsa

Lola Fernández de Sevilla Gómez dijo...

Hola Elsa

¡Muchas gracias, me alegra mucho que te guste mi blog!
He estado visitando tu web, y estré encantada de intercambiar enlace; enseguida incluiré el tuyo en mi blog.
Muchas gracias y un saludo feminista;

Lola

Eliseo dijo...

No creo que Javier Marías sea misógino en absoluto. Me parece que resulta fácil salir a contestar cada columna que escribe porque, desde luego, no deja indiferente. Y eso es porque resulta ser una isla de razón y originalidad en un mundo de tópicos, estereotipos e ideas impuestas. Expresa lo que piensa como lo cree oportuno sin temer malinterpretaciones, porque sabe que quien examine el significado de su discurso, sin prejuicios, le comprenderá bien.
Siendo así es seguro que dirá algo que anime a alguien a la polémica.
El machismo está en las personas, no en el lenguaje. Una persona que no haga distinciones de género se expresará adecuadamente y el contenido de su lenguaje no será discriminatorio, aunque no considere los mencionados nuevos códigos de habla.
No se pueden poner trabas al lenguaje, porque es un hecho cultural y libre (sobre todo cuando los vocablos rechazados o transformados carecen de cualquier significado denigrante contra la mujer).
En mi humilde opinión, las personas, los argumentos, las palabras, no son cosa de fachada ni de ornato, sino de contenido.
Me pregunto cómo una persona que se expresa explícitamente a favor de la igualdad, decepcionada por los largos siglos de opresión y que desea que la mujer adopte finalmente el papel que le corresponde en la humanidad, que le ha sido vedado, es considerada misógina. Entonces quizás lo que haya que hacer es cambiar la definición de "misoginia" en el diccionario.
En definitiva, es con ideas como las de Javier Marías como se puede alcanzar la verdadera igualdad, dejando de lado irrelevantes detalles superficiales.

Lola Fernández de Sevilla Gómez dijo...

Hola Eliseo

Gracias por tu comentario.

Yo no creo que haya que cambiar el significado de la palabra misoginia.
El machismo está en las personas, y está en el lenguaje, porque el lenguaje lo hacemos personas (y a su vez el lenguaje nos hace de nuevo).
Claro que Javier Marías habla con sentido común, pero es que el feminismo arremete muchas veces contra las creencias de sentido común, esas que nos han insuflado desde pequeñitas y que no nos van a hacer precisamente más felices.
Y, si se puede criticar y cambiar el lenguaje es precisamente porque es algo cultural; la cultura cambia y evoluciona.

Gracias por tus palabras y saludos!

Eliseo dijo...

Me alegra comprobar que has leído mi comentario con interés. No me resisto a contestar.
Mi intención no era otra que expresar lo injusto que me parece que se califique a Javier Marías de machista o misógino solo porque muestre su desagrado contra propuestas sobre el lenguaje que él no considera convenientes. Porque rechaza las formas de corrección política impuestas.
Incluso decir que se revuelve por mantener una situación de poder, la de los hombres sobre las mujeres. En sus artículos no hay atisbo de ataque a la mujer, antes al contrario, mantiene opiniones con las que cualquier defensor de la igualdad se sentiría identificado.
Si cuando dices que Javier Marías habla con sentido común te refieres al sentido de las personas comunes, debo contestar que creo que Javier Marías tiene poco de común. Más bien diría que es razonable. No veo que defienda ningún tópico sobre las mujeres, los cuales se podrían asociar a dicho sentido común.
Parece evidente que el lenguaje lo hacen las personas y que el lenguaje cambia, pero tiene sus propios mecanismos de evolución. Es un fenómeno colectivo que atañe a toda la sociedad y no puede cambiarse por la voluntad de ciertos grupos o personas.
A lo que hay que prestar atención es a las actitudes. Creo que el lenguaje es inocuo en sí mismo, su significado está en función de la intencionalidad que se le de. Y si no hay una intencionalidad discriminatoria, difícilmente se podrá decir que el lenguaje es sexista.
Considero que el lenguaje es una de las cosas más maravillosas que hay porque es una auténtica forma de libertad. Es tan amplio y complejo que uno puede expresar las ideas de miles de maneras distintas haciendo así patente su individualidad.
Inventar nuevas normas es limitar esa libertad. Supone recortar las posibilidades a la hora de hablar y, en esencia, lo más grave, se da por hecho que la persona que se exprese ignorando dichas premisas está discriminando a la mujer, aunque eso no se le haya pasado por la cabeza.

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