A pesar del título de esta entrada, no voy a hacer un análisis de las candidaturas, con el fin de decantarme por ninguna de ellas. La verdad es que la política estadounidense me parece tan preocupante como deslentadora; probablemente lo primero por lo segundo. A veces me genera mucha inquietud pensar en los vastos dominios en los que las vidas de millones de seres humanos pueden verse afectadas por una situación de alternancia de poder muy poco real y esperanzadora.
Pero me parecen interesantes las implicaciones que estas elecciones primarias norteamericanas tienen. En un artículo de El País de este último lunes, la periodista que lo firmaba se preguntaba, de cara a los resultados del supermartes, si las mujeres votarían masivamente a Hilary Clinton, y también si debían hacerlo por el hecho de ser mujer.
¿Qué sucedería, en ese caso, con el voto de las mujeres negras? ¿Se encontrarían sus intenciones políticas irremediablemente divididas entre su conciencia de raza y su conciencia de género? ¿Es el sexo una razón suficiente para votar blanco o negro?
La verdad es que no lo creo. A pesar de la dolorosa espera que las feministas han -o hemos- debido aguardar hasta poder ver a una mujer emprender la recta final hacia la Casa Blanca, soy bastante escéptica ante las virtualidades feministas de Hilary Clinton -no fingiré que sé lo que no sé, es casi como un escalofrío en la columna vertebral.
Pero, por encima de cuáles sean los resultados finales, me parece fascinante constatar cómo estamos destinadas y destinados a enfrentarnos a los mismos conflictos una y mil veces. Claro, los periodistas se caracterizan por no tener memoria. Si la tuvieran, estarían escribiendo sobre precedentes en los que los intereses y las reivindicaciones de raza ya tuvieron que confrontar con las de género.
Estoy pensando en Anita Hill, ciudadana negra estadounidense, que denunció al juez conservador Clarence Thomas, también negro, de acoso sexual, en pleno proceso de elección de él al Tribunal Supremo. ¿Debía decantarse Hill por sus intereses de raza, que la llevarían a celebrar la promoción de un juez negro al Tribunal Supremo, o por los de género, injustamente ultrajados y pisoteados?; era lo que todo el mundo se preguntaba entonces.
¿Debieron las feministas estadounidenses del siglo XIX aliarse estratégicamente con el movimiento por los derechos civiles de los negros? A la vista del resultado, por el que los negros consiguieron el derecho al voto en 1870 -sólo los hombres, claro-, mientras que el sufragio femenino -y de todos los colores- no llegó en Estados Unidos hasta 1920, podemos concluir que hay que tener cuidado en los pactos que establecemos en nuestras luchas.
Ahora, una vez más, sexo y raza confluyen. Pienso que seguirán haciéndolo, porque es inevitable. Con una anotación: las mujeres no deberíamos olvidar que no somos un colectivo, sino la mitad de la humanidad. Deberíamos deshacernos de eso, y votar con la conciencia tranquila.
Y que gane la o él mejor.
Saludos.