jueves, 5 de abril de 2018

Jerbos en el jardín (Y otros personajes)

Comencé a investigar sobre los jerbos del jardín. F. no entendía mi interés. Si nos hemos venido a vivir a las afueras de Montreal y por alguna razón no consigo sentarme a escribir, considero que los jerbos al menos tienen todo el derecho a acaparar mi atención.
Todo empezó al día siguiente de la mudanza. Era martes. La noche anterior yo había entrado llorando en casa: puro cansancio. Todo el espacio de la entrada estaba formado por cajas que había que vaciar. En lugar de hacerlo F. puso jazz (no sé nada de jazz), abrió una botella de vino alemán (el vino alemán de M.) y preparó dos tortillas de atún. Cenamos obviando la presencia de las cajas en la entrada de casa, y brindamos por nuestra casita (nuestro apartamento con jardín) a las afueras. Después hicimos el amor con algo de dejadez (por el cansancio). No dormí bien, pero dormí.
A la mañana siguiente me levanté antes que F. Me apetecía recorrer la casa en pijama, sin tener que hablar con nadie. Teníamos suelo de madera. Eran más de las 10 de la mañana y teníamos suelo de madera. Me deslicé sigilosamente hasta la cocina, donde continuaban los platos de la cena. Desde allí contemplé el mar de cajas: para alguien tan obsesiva como yo, suponían un montón de oportunidades. Pero no terminé de decidirme: ni por las cajas ni por los platos. En el salón había un sofá gris antracita que F. y yo habíamos comprado la semana anterior. Aún no había cortinas y eso hacía que la sala tuviera cierto aire de desnudez. Me senté en el sofá y miré a mi alrededor. Me pregunté cómo empezar a habitar mi nueva vida. Veía un trozo de seto del jardín: me pregunté si tendríamos que acabar contratando un jardinero. Nunca había tenido jardín. Ya había salido el sol y yo tenía hambre.
Al final volví a la habitación. F. dormía con la boca abierta y una pierna fuera del edredón. El último mes había sido duro. La búsqueda inmobiliaria había estado a punto de desquiciarme del todo. Mirando a F. dormir sentí muchas ganas de barrer. Pero no lo hice. Me deslicé hasta la ventana. La noche anterior nos habíamos dejado la persiana arriba. Me asomé y volví a ver el seto. Al otro lado había una casa igual que la nuestra, pero no se veía a nadie. Entonces me pareció que una especie de culebra se arrastraba, muy deprisa, por el césped. Al principio me asusté.
Me quedé muy quieta y localicé de nuevo la supuesta culebra, sobresaliendo de la parte baja del seto. Estaba muy quieta, muy quieta, pero de pronto se movió un poco. Parecía peluda. Hice un esfuerzo y guiñé un poco los ojos. No era una culebra, sino una cola, muy, muy larga. Escuché muy lejos, como en segundo plano, que F. se desperezaba. Era un ratón, una especie de... La cola giró y después desapareció del todo; en su lugar apareció una especie de roedor, tirando a grande y con las patas traseras muy largas. Daba pequeños saltos. F. me preguntó que qué hacía. Fui medio consciente de mi cara de alucine delante de nuestra nueva ventana. El roedor dio un salto largo, casi hasta el otro extremo del seto. Pegué un respingo. Cariño... dijo F. Y el animalillo se irguió sobre sus patas traseras.
-Hay un jerbo bajo nuestro seto -dije.
El jerbo se mantuvo inmóvil, aguantándome la mirada. Después hizo una leve inclinación de cabeza: un pequeño gesto de reconocimiento.
-¿Café o té? -preguntó F.
Un pequeño gesto de complicidad.


(17/05/2015)


*

Hace casi tres años de este texto; fue lo primero que escribí en la que ahora sigue siendo mi casa, mi primera casa. Ahora reconozco que la idea no era mala, y veo el correlato, algo complaciente y por lo tanto torpe. Veo el miedo. La osadía. Y la llegada, de nuevo y por fin, a la escritura.

Y estos son mis últimos personajes (de esta misma mañana): aprendiendo sobre canon y proporciones...


Ahora, que estoy tan cansada, me doy cuenta de la necesidad de dar espacio a todo eso: lo que duele.
Y sigo leyendo.

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