A veces este gran país que es España debería darnos un poco de miedo.
El jueves pasado estuve por el centro, como cada año por estas fechas, siguiendo una especie de tradición familiar que continúa resultándome irresistible. La mayoría de la gente que conozco procura huir, durante la Semana Santa, del centro de Madrid. Calles cortadas, muchísimo turismo, bares abarrotados... Todo, producto del colapso que provocan las procesiones.
Yo llevo veintitantos años observándolas. A decir verdad, significan bastante poco para mí. Quizás una mera curiosidad estética, como quien permanece contemplando un cuadro en un museo -un cuadro, del tipo de las pinturas negras de Goya, tal vez, o de El Grito, de Munch. De pie, atenta a los pasos y a su comparsa, una no puede evitar sentirse transportada a una España mucho más negra; aquella que fuera tan magníficamente retratada por Pérez Galdós en Doña Perfecta.
Pero lo cierto es que esa España, negra o como queramos llamarla, la España del cilicio y el patetismo trágico-religioso, sigue siendo la nuestra. Es verdad que a menudo una tiene la sensación de que las calles están más llenas de curiosos y de turistas que de verdadero sentido del catolicismo, pero aún así...
Este año, sea por lo que sea, mi Semana Santa ha estado llena de "aún asís", y me he pasado varios días dándole vueltas a las implicaciones y a los significados de todo esto. Las procesiones significan, en verdad, bien poco para mí. ¿O quizás no? ¿Hasta qué punto me siento despojada de todo aquello que, en sentido racional, rechazo? Las procesiones de Semana Santa ofrecen material para escribir un completo ensayo de antropología humana; pero lo cierto es que, por ahora, no me he planteado hacerlo.
Sobre todo, he sentido, por vez primera, ciertas punzadas dolorosas al recordar las manifestaciones en favor de ciertas familias y valores -tan cercanas en el tiempo, y que será difícil olvidar-, que agredían directamente mis opciones, derechos y preferencias de vida. Sé que, como me señalaba anoche una amiga, no se puede meter a todos los católicos y las católicas en el mismo saco -aunque ellos mismos parezcan querer hacerlo-, pero, aún así, no sé qué me legitima para estar allí, cada año, atenta a sus delirios religiosos -y qué me lleva a tolerarlo, en realidad. Por muy morbosa que resulte la curiosidad.
No dejo, por otro lado, de acordarme de las palabras de Amelia Valcárcel, cuando, tan a menudo, dice que un símbolo no puede ser disfrutado estéticamente, mientras no pierda su carga ética. Y del imperativo, que alguien me formuló y que afortunadamente -o no- no he olvidado, acerca de que lo más difícil, en esta vida, es ser coherente. Desde luego que lo es.
O eso, o pasar de todo. El problema es que esto último es algo que cada vez me cuesta más trabajo. Así que en estas he estado. Ojalá logre aclararme para el año que viene, y conseguir alcanzar la ansiada coherencia sin escudarme -quizás- en excusas autocomplacientes aunque -seguramente, por otro lado- bastante comprensibles.
sábado, 22 de marzo de 2008
lunes, 10 de marzo de 2008
Celebrar la alegría
He estado pensando en otros títulos para esta entrada, y la verdad es que se me ocurría uno alternativo: "Crónica de un fin de semana agónico con final feliz".
Relativamente, tal vez. Todo lo feliz que podía ser teniendo en cuenta cómo comenzó. A las 13.25 del último viernes ETA decidió demostrarnos a los españoles y a las españolas que, aún considerablemente debilitada, es muy capaz de perturbar la vida entera del país. Así es como Isaías Carrasco, ex concejal socialista, moría el viernes, en Mondragón, a unos metros de su casa, de cinco disparos mortales.
Así es como ETA nos recordaba su existencia. Y nada más; sólo, que es sencillísimo -siempre lo ha sido- matar a alguien. Sobre todo, a alguien sin escolta e indefenso. Cobarde. Pero sencillo. De este modo, la ciudadanía se vio golpeada de nuevo por quienes siguen negándose a respetar la vida.
Por otro lado, la campaña electoral se suspendió inmediatamente. Es comprensible; como muestra de respeto. A nadie se le quedó el cuerpo para demasiadas jotas. Si de algo me alegro es de no haber encontrado el momento para sentarme a escribir hasta ahora. Prefiero no tener que leer todo lo que entonces se me pasaba por la cabeza.
Por ejemplo, que nunca jamás sabremos cómo se habrían desarrollado las 48 horas siguientes, si el atentado no se hubiera producido. Y, sobre todo, el infinito dolor que me sigue causando vivir en un país donde algunos se sienten políticamente legitimados a acabar con las vidas que no les pertenecen; ni unas elecciones parecen poder celebrarse en paz.
La verdad es que todo se ha sucedido tan deprisa que apenas hemos tenido -o yo no he tenido- oportunidad de asimilar nada. La jornada de reflexión sirvió, al menos, para recuperar un poco las fuerzas antes de tener que enfrentarnos a la verdad de las urnas. Fuerza interior, al menos, pues, por lo demás, ya no había tiempo para más. En medio de todo, una voz brilló como guía de la esperanza que muchas y muchos tratábamos de retomar: la de la hija de Isaías Carrasco, espoleando a ciudadanas y a ciudadanos para que no dejaran de votar -"ni un sólo paso atrás..."
Han sido días muy duros, de incertidumbre, pero también de esperanza e ilusión, en medio de todo, y de muchísimo trabajo. Y ayer, como una ligera recompensa por todo ello, quizás, la participación en las urnas nos mostraba unos datos que sí empujaban a saltar de alegría: 75,3%, muy cerca de las cifras históricas y comprensibles de 2004.
Muchos, como yo, pasamos ayer el día encerrados en colegios electorales, hasta las tantas. Hemos tenido que esperar a hoy para empezar a analizar, con resaca y todo, los datos y los detalles de la jornada. Y los de los resultados. Hoy sabemos, en contra de lo que muchos deseaban, que el triunfo ha sido el de la democracia, el de los cientos y miles de personas que introdujeron ayer su voto -fuera cual fuera- y que demostraron no tener miedo, por un lado, y, por otro, no achantarse ante los mensajes abstencionistas de los últimos tiempos.
Ayer, al terminar, sólo hubo tiempo para comentar sumariamente la jugada. La de la victoria tras el agónico fin de semana. Tras las horas y horas de trabajo, y el miedo, y los nervios. Sólo hubo tiempo para abrazos y besos, para saltos y votes, para felicitaciones mutuas.
Después de defender la alegría, tocaba celebrarla. Toda la alegría que fuera posible, aún sabiendo que gracias a ETA somos uno menos. Sigo pensando que imaginar mundos posibles, en política, tiene una utilidad limitada. Ciñéndonos al presente, podemos y debemos ciertamente alegrarnos porque la democracia ha ganado.
Así que celebremos ahora la alegría; y disfrutémosla.
Relativamente, tal vez. Todo lo feliz que podía ser teniendo en cuenta cómo comenzó. A las 13.25 del último viernes ETA decidió demostrarnos a los españoles y a las españolas que, aún considerablemente debilitada, es muy capaz de perturbar la vida entera del país. Así es como Isaías Carrasco, ex concejal socialista, moría el viernes, en Mondragón, a unos metros de su casa, de cinco disparos mortales.
Así es como ETA nos recordaba su existencia. Y nada más; sólo, que es sencillísimo -siempre lo ha sido- matar a alguien. Sobre todo, a alguien sin escolta e indefenso. Cobarde. Pero sencillo. De este modo, la ciudadanía se vio golpeada de nuevo por quienes siguen negándose a respetar la vida.
Por otro lado, la campaña electoral se suspendió inmediatamente. Es comprensible; como muestra de respeto. A nadie se le quedó el cuerpo para demasiadas jotas. Si de algo me alegro es de no haber encontrado el momento para sentarme a escribir hasta ahora. Prefiero no tener que leer todo lo que entonces se me pasaba por la cabeza.
Por ejemplo, que nunca jamás sabremos cómo se habrían desarrollado las 48 horas siguientes, si el atentado no se hubiera producido. Y, sobre todo, el infinito dolor que me sigue causando vivir en un país donde algunos se sienten políticamente legitimados a acabar con las vidas que no les pertenecen; ni unas elecciones parecen poder celebrarse en paz.
La verdad es que todo se ha sucedido tan deprisa que apenas hemos tenido -o yo no he tenido- oportunidad de asimilar nada. La jornada de reflexión sirvió, al menos, para recuperar un poco las fuerzas antes de tener que enfrentarnos a la verdad de las urnas. Fuerza interior, al menos, pues, por lo demás, ya no había tiempo para más. En medio de todo, una voz brilló como guía de la esperanza que muchas y muchos tratábamos de retomar: la de la hija de Isaías Carrasco, espoleando a ciudadanas y a ciudadanos para que no dejaran de votar -"ni un sólo paso atrás..."
Han sido días muy duros, de incertidumbre, pero también de esperanza e ilusión, en medio de todo, y de muchísimo trabajo. Y ayer, como una ligera recompensa por todo ello, quizás, la participación en las urnas nos mostraba unos datos que sí empujaban a saltar de alegría: 75,3%, muy cerca de las cifras históricas y comprensibles de 2004.
Muchos, como yo, pasamos ayer el día encerrados en colegios electorales, hasta las tantas. Hemos tenido que esperar a hoy para empezar a analizar, con resaca y todo, los datos y los detalles de la jornada. Y los de los resultados. Hoy sabemos, en contra de lo que muchos deseaban, que el triunfo ha sido el de la democracia, el de los cientos y miles de personas que introdujeron ayer su voto -fuera cual fuera- y que demostraron no tener miedo, por un lado, y, por otro, no achantarse ante los mensajes abstencionistas de los últimos tiempos.
Ayer, al terminar, sólo hubo tiempo para comentar sumariamente la jugada. La de la victoria tras el agónico fin de semana. Tras las horas y horas de trabajo, y el miedo, y los nervios. Sólo hubo tiempo para abrazos y besos, para saltos y votes, para felicitaciones mutuas.
Después de defender la alegría, tocaba celebrarla. Toda la alegría que fuera posible, aún sabiendo que gracias a ETA somos uno menos. Sigo pensando que imaginar mundos posibles, en política, tiene una utilidad limitada. Ciñéndonos al presente, podemos y debemos ciertamente alegrarnos porque la democracia ha ganado.
Así que celebremos ahora la alegría; y disfrutémosla.
miércoles, 5 de marzo de 2008
No tienen derecho; nosotras sí
Me parece muy acertado que el lema de la manifestación del Día de la Mujer de este año esté dedicado al tema del aborto. Como guinda reivindicativa de todos estos meses de persecuciones. Imagino que, de todas formas, el tema de la violencia tampoco va a faltar. En realidad, se encuentran relacionados: ¿qué es esta última caza de brujas -en un sentido bastante más literal del que imaginamos- sino una nueva muestra de violencia contra la mujer?
La semana pasada llegó hasta mí -ni siquiera recuerdo cómo- un artículo de La Razón -repito: no recuerdo cómo- dedicado a una entidad denominada Línea de Atención a la Mujer, ubicada en Madrid, y que se dedica, como su propio nombre indica, a asesorar a mujeres que han de enfrentarse a la realidad de un embarazo no deseado. Casualmente, yo me había topado previamente con esta ONG, a través de una oferta de trabajo en Internet, y pude leer con detenimiento el cuestionario de selección que empleaba.
"¿En qué momento considera que comienza la vida humana?"; "¿Qué es para usted el aborto?"; "¿Qué haría si tuviera que atender a una mujer que deseara seguir adelante con su embarazo, en contra de la opinión de su pareja?"; "¿Qué es para usted el feminismo?". No es broma. Probablemente el cuestionario ya no se encuentre disponible, pero estas eran las preguntas que debían responderse para poder optar a la plaza ofertada. La verdad es que hasta ahora apenas lo había mencionado; este tipo de cosas siempre me dejan una siniestra sensación de malestar.
Después de leer el artículo de La Razón ya no tuve dudas de cuál era la loable tarea social a la que esta asociación se dedica (http://www.larazon.es/21758/noticia/Sociedad/Un_%ABtel%E9fono_de_la_esperanza%BB_para_embarazadas_indecisas). Me vienen a la cabeza las denuncias, tantas veces escuchadas, contra el Gobierno de la Comunidad de Madrid y sus subvenciones, y no puedo dejar de relacionar una cosa con la otra.
Por lo visto, impedir que las mujeres puedan ejercer sus legítimos derechos en libertad es un fin social. Me horroriza pensar en los ejemplos similares con los que estaremos conviviendo. Me aterra imaginar a esas adolescentes, cuya tutela pertenece a la Comunidad de Madrid, obligadas a esperar perpetuamente para poder interrumpir sus embarazos (http://www.elpais.com/articulo/madrid/Comunidad/impide/abortar/menores/estan/tutela/elpepiespmad/20080222elpmad_2/Tes). Y, también y sobre todo, pensar en todo lo que estarán sufriendo: la presión, la culpabilidad, el miedo.
Casi en sintonía poética con la reelección de Rouco Varela a la presidencia de la Conferencia Episcopal (no sé por qué, pero esto de las elecciones de los obispos me parece algo oscuro...), como broche de un final de legislatura que no ha podido ser más tenso. Política y religión pueden darse la mano de nuevo, como tantas veces en el pasado, en este Madrid nuestro, en una macabra alianza contra las mujeres. Me estremece pensar en la que se nos viene encima con este último giro de la Conferencia Episcopal, y no sólo en relación al tema del aborto; y una no puede evitar preguntarse si será verdad eso de que todo puede ir siempre a peor.
Deberíamos ser tajantes. Naturalmente, en estos momentos no sé si la Línea de Atención a la Mujer disfruta de subvenciones o no. Pero eso no me impide afirmar lo que creo. Y también que no tiene derecho. Nadie lo tiene.
No se puede jugar con la vida humana.
Las mujeres también somos humanas, y nuestras vidas no les pertenecen.
La semana pasada llegó hasta mí -ni siquiera recuerdo cómo- un artículo de La Razón -repito: no recuerdo cómo- dedicado a una entidad denominada Línea de Atención a la Mujer, ubicada en Madrid, y que se dedica, como su propio nombre indica, a asesorar a mujeres que han de enfrentarse a la realidad de un embarazo no deseado. Casualmente, yo me había topado previamente con esta ONG, a través de una oferta de trabajo en Internet, y pude leer con detenimiento el cuestionario de selección que empleaba.
"¿En qué momento considera que comienza la vida humana?"; "¿Qué es para usted el aborto?"; "¿Qué haría si tuviera que atender a una mujer que deseara seguir adelante con su embarazo, en contra de la opinión de su pareja?"; "¿Qué es para usted el feminismo?". No es broma. Probablemente el cuestionario ya no se encuentre disponible, pero estas eran las preguntas que debían responderse para poder optar a la plaza ofertada. La verdad es que hasta ahora apenas lo había mencionado; este tipo de cosas siempre me dejan una siniestra sensación de malestar.
Después de leer el artículo de La Razón ya no tuve dudas de cuál era la loable tarea social a la que esta asociación se dedica (http://www.larazon.es/21758/noticia/Sociedad/Un_%ABtel%E9fono_de_la_esperanza%BB_para_embarazadas_indecisas). Me vienen a la cabeza las denuncias, tantas veces escuchadas, contra el Gobierno de la Comunidad de Madrid y sus subvenciones, y no puedo dejar de relacionar una cosa con la otra.
Por lo visto, impedir que las mujeres puedan ejercer sus legítimos derechos en libertad es un fin social. Me horroriza pensar en los ejemplos similares con los que estaremos conviviendo. Me aterra imaginar a esas adolescentes, cuya tutela pertenece a la Comunidad de Madrid, obligadas a esperar perpetuamente para poder interrumpir sus embarazos (http://www.elpais.com/articulo/madrid/Comunidad/impide/abortar/menores/estan/tutela/elpepiespmad/20080222elpmad_2/Tes). Y, también y sobre todo, pensar en todo lo que estarán sufriendo: la presión, la culpabilidad, el miedo.
Casi en sintonía poética con la reelección de Rouco Varela a la presidencia de la Conferencia Episcopal (no sé por qué, pero esto de las elecciones de los obispos me parece algo oscuro...), como broche de un final de legislatura que no ha podido ser más tenso. Política y religión pueden darse la mano de nuevo, como tantas veces en el pasado, en este Madrid nuestro, en una macabra alianza contra las mujeres. Me estremece pensar en la que se nos viene encima con este último giro de la Conferencia Episcopal, y no sólo en relación al tema del aborto; y una no puede evitar preguntarse si será verdad eso de que todo puede ir siempre a peor.
Deberíamos ser tajantes. Naturalmente, en estos momentos no sé si la Línea de Atención a la Mujer disfruta de subvenciones o no. Pero eso no me impide afirmar lo que creo. Y también que no tiene derecho. Nadie lo tiene.
No se puede jugar con la vida humana.
Las mujeres también somos humanas, y nuestras vidas no les pertenecen.
jueves, 28 de febrero de 2008
La violencia que nos oprime
La semana va avanzando. No sé si se debe más a circunstancias personales mías, pero tengo la sensación de que la panorámica política ha emprendido ya la última carrera de fondo hacia la meta del 9 de marzo. Es como si ocurriera algo nuevo cada minuto.
Frente a eso, por desgracia, hay algunas constantes que permanecen. Esta semana han muerto cuatro mujeres, en el mismo día, a manos de sus parejas o exparejas. Van diecisiete en lo que llevamos de 2008. Según mis cálculos, si continuáramos con el promedio de diecisiete víctimas cada dos meses, al final de año tendríamos más de cien. Si se produjeran cuatro muertes por semana hasta que acabe 2008, las cifras rondarían las doscientas.
Además, he leído esta mañana que en las últimas horas ha habido dos apuñalamientos más de dos mujeres, a manos de sus compañeros sentimentales. Siempre presuntamente, claro, mientras no se demuestre lo contrario.
Pero dudo que se haga. Sabemos que esta es la historia que siempre se repite, y estamos tan acostumbradas y acostumbrados a ver cómo acaba que sólo cuando se produce una concentración de crímenes como la de esta semana, nos echamos las manos a la cabeza (y empezamos a hacer propuestas firmes, de cara al electorado).
La violencia contra las mujeres -que mal llamamos violencia de género- es tan vieja como el mundo. Quienes hemos dedicado algún tiempo a estudiarla sabemos que obedece a una causa sencilla de enunciar pero difícil de enfrentar: el patriarcado. El mismo al que se referían ya las feministas de los años 70, y que continúa conformando nuestros universos sociales, públicos y privados. Por eso siempre decimos que las causas de tanto sufrimiento -que no deberíamos nunca olvidar que no se limita a las muertes- son estructurales; anidan en lo más profundo de nuestras conciencias, y se resisten a desaparecer e incluso reaccionan con violencia ante los frenos que se les imponen.
Que la violencia sexista es un fenómeno extremadamente complicado de erradicar es algo que no necesita más pruebas que las que hemos tenido en estos días. No, en un país como el nuestro, que cuenta con una de las legislaciones más avanzadas del mundo en la materia. Desde finales de 2004 contamos con una Ley Integral sobre violencia contra las mujeres que se encarga de disponer todo lo relativo a las medidas judiciales para proteger a las víctimas y castigar a los agresores (juzgados especializados, aumento del número de jueces). Pero que, sobre todo, legisla sobre la necesidad de las políticas y estrategias preventivas, por la vía de la sensibilización y la concienciación que persiguen la reeducación integral de toda la sociedad.
No exagero. Sólo una transformación radical de la sociedad permitiría acabar con la violencia misógina. No hay otro camino que el de la prevención. Una prevención que deberá fortalecerse e incrementarse paulatinamente, y que no dará resultados visibles a corto ni a medio plazo. Pero que es, repito, nuestra única esperanza.
Teniendo en cuenta todo esto, me duele recordar cómo este tema fue utilizado como arma arrojadiza -algo que ya había sucedido en el pasado, por cierto-, en el debate electoral del lunes, como intento de deslegitimación de la Ley Integral y de toda la política del Gobierno en materia de violencia de género.
Tengo que desdecirme parcialmente de algo que comenté en una entrada de hace algún tiempo y reconocer que Mariano Rajoy ha dejado de mirar al cielo mientras silba. Desde hace un par de semanas enarbola una actitud electoral combativa y bien definida, claramente alineada con los principios políticos del neoconservadurimo extremo de este principio de siglo, y que está mostrando a las claras cuáles son sus proyectos y compromisos para el futuro. Y yo le doy las gracias por ello. Gracias, por mostrarnos la cara auténtica -la de la xenofobia, el machismo y la falta sistemática de respeto- del programa del PP para la próxima lesgislatura. Continúa habiendo puntos sospechosamente oscuros, claro, que, como ya he mencionado varias veces, me encantaría que nos explicaran, pero confío en deducirlos por mí misma, de todas formas, antes del 9 de marzo.
Resulta muy curioso asistir a ese tipo de reproches, en relación a la violencia, cuando hemos escuchado previamente tantas negativas a legislar en materia de igualdad de oportunidades. ¿O es que afirman que la violencia contra la mujer -no tengo más remedio que llegar a esta conclusión- no tiene que ver con un problema de falta de igualdad?
Muchas veces se ha hablado de terrorismo doméstico -que no es sólo doméstico-; creo que deberíamos reaccionar, también en este caso, con fuerza, cuando el terrorismo, cualquier terrorismo, se utiliza con fines partidistas. Ya está bien.
Frente a eso, por desgracia, hay algunas constantes que permanecen. Esta semana han muerto cuatro mujeres, en el mismo día, a manos de sus parejas o exparejas. Van diecisiete en lo que llevamos de 2008. Según mis cálculos, si continuáramos con el promedio de diecisiete víctimas cada dos meses, al final de año tendríamos más de cien. Si se produjeran cuatro muertes por semana hasta que acabe 2008, las cifras rondarían las doscientas.
Además, he leído esta mañana que en las últimas horas ha habido dos apuñalamientos más de dos mujeres, a manos de sus compañeros sentimentales. Siempre presuntamente, claro, mientras no se demuestre lo contrario.
Pero dudo que se haga. Sabemos que esta es la historia que siempre se repite, y estamos tan acostumbradas y acostumbrados a ver cómo acaba que sólo cuando se produce una concentración de crímenes como la de esta semana, nos echamos las manos a la cabeza (y empezamos a hacer propuestas firmes, de cara al electorado).
La violencia contra las mujeres -que mal llamamos violencia de género- es tan vieja como el mundo. Quienes hemos dedicado algún tiempo a estudiarla sabemos que obedece a una causa sencilla de enunciar pero difícil de enfrentar: el patriarcado. El mismo al que se referían ya las feministas de los años 70, y que continúa conformando nuestros universos sociales, públicos y privados. Por eso siempre decimos que las causas de tanto sufrimiento -que no deberíamos nunca olvidar que no se limita a las muertes- son estructurales; anidan en lo más profundo de nuestras conciencias, y se resisten a desaparecer e incluso reaccionan con violencia ante los frenos que se les imponen.
Que la violencia sexista es un fenómeno extremadamente complicado de erradicar es algo que no necesita más pruebas que las que hemos tenido en estos días. No, en un país como el nuestro, que cuenta con una de las legislaciones más avanzadas del mundo en la materia. Desde finales de 2004 contamos con una Ley Integral sobre violencia contra las mujeres que se encarga de disponer todo lo relativo a las medidas judiciales para proteger a las víctimas y castigar a los agresores (juzgados especializados, aumento del número de jueces). Pero que, sobre todo, legisla sobre la necesidad de las políticas y estrategias preventivas, por la vía de la sensibilización y la concienciación que persiguen la reeducación integral de toda la sociedad.
No exagero. Sólo una transformación radical de la sociedad permitiría acabar con la violencia misógina. No hay otro camino que el de la prevención. Una prevención que deberá fortalecerse e incrementarse paulatinamente, y que no dará resultados visibles a corto ni a medio plazo. Pero que es, repito, nuestra única esperanza.
Teniendo en cuenta todo esto, me duele recordar cómo este tema fue utilizado como arma arrojadiza -algo que ya había sucedido en el pasado, por cierto-, en el debate electoral del lunes, como intento de deslegitimación de la Ley Integral y de toda la política del Gobierno en materia de violencia de género.
Tengo que desdecirme parcialmente de algo que comenté en una entrada de hace algún tiempo y reconocer que Mariano Rajoy ha dejado de mirar al cielo mientras silba. Desde hace un par de semanas enarbola una actitud electoral combativa y bien definida, claramente alineada con los principios políticos del neoconservadurimo extremo de este principio de siglo, y que está mostrando a las claras cuáles son sus proyectos y compromisos para el futuro. Y yo le doy las gracias por ello. Gracias, por mostrarnos la cara auténtica -la de la xenofobia, el machismo y la falta sistemática de respeto- del programa del PP para la próxima lesgislatura. Continúa habiendo puntos sospechosamente oscuros, claro, que, como ya he mencionado varias veces, me encantaría que nos explicaran, pero confío en deducirlos por mí misma, de todas formas, antes del 9 de marzo.
Resulta muy curioso asistir a ese tipo de reproches, en relación a la violencia, cuando hemos escuchado previamente tantas negativas a legislar en materia de igualdad de oportunidades. ¿O es que afirman que la violencia contra la mujer -no tengo más remedio que llegar a esta conclusión- no tiene que ver con un problema de falta de igualdad?
Muchas veces se ha hablado de terrorismo doméstico -que no es sólo doméstico-; creo que deberíamos reaccionar, también en este caso, con fuerza, cuando el terrorismo, cualquier terrorismo, se utiliza con fines partidistas. Ya está bien.
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patriarcado,
Violencia contra las mujeres
martes, 26 de febrero de 2008
La niña de Rajoy
Me sentí profundamente dolida por las palabras con las que Mariano Rajoy cerró su presencia en el debate electoral de anoche. Palabras que debían servir para atraer el voto masivo de la ciudadanía, y que, de acuerdo a la segunda parte del lema electoral de los populares -cabeza y corazón-, iban claramente dirigidas a conmover a la audiencia.
Pues a mí no me conmovieron lo más mínimo; más bien me revolvieron. Rajoy se declaraba preocupado por la niña que nace, crece y se desarrolla en España; por sus logros, sus problemas y sus oportunidades. Veamos. Para empezar, su elección de género obedece a criterios muy precisos, y en clara consonancia con algunos estereotipos injustos y sexistas que anidan bien arraigados entre todos nosotros y entre todas nosotras. Era fundamental hablar de la niña y no del niño, ya que con ello se apela a los instintos de ternura, cuidado y protección como de ninguna otra forma. Desde luego, aunque sólo sea por eso, hemos de pensar que los derechos de la niña a vivir en igualdad de oportunidades no le importaban en absoluto.
La niña que nace en España; eso quedó claro desde el primer momento. Deberíamos preguntarnos qué pasa con la que no nace en España, sino que nace fuera y viene después. Pero no hace falta que lo hagamos, él mismo lo dejó claro a lo largo de sus numerosas referencias a la inmigración a lo largo de la noche.
Aunque esa niña, llegada desde otros mundos por el deseo y la voluntad de una mejora en sus condiciones de vida, es, desde luego, una niña, el discurso del Partido Popular no se dirige a ella. ¿Estará obligada, al cruzar la frontera de nuestro país, a firmar eso que han denominado contrato de integración? ¿Ese catálogo de buenas costumbres españolas? (No dejo de preguntarme en qué consistirá: ¿comer con los dos antebrazos apoyados en la mesa? ¿ir a misa los domingos? ¿celebrar la Navidad? ¿la desigualdad salarial y doméstica? ¿el techo de cristal? Y, sobre todo, ¿quién va a decidirlo?).
Pero vale, centrémonos en la niña nacida en España, que es la que a Rajoy le preocupa. Tuvo, creo, la decencia de no hablar directamente de igualdad de oportunidades ni nada parecido. Aunque tampoco hacía falta; todos y todas entendimos perfectamente las intenciones del discurso. Y tiene gracia, en su caso, habiendo votado en contra de la Ley de Igualdad, hace menos de un año, y habiéndola llevado ante el Tribunal Constitucional. Tiene gracia, en alguien que utiliza el terrorismo sexista y doméstico como arma política, siempre que puede. En un partido que lleva años negándose a la necesidad de la igualdad entre hombres y mujeres en este país.
Así que, niñas que nacéis ahora, no os hagáis ilusiones. Porque, si el PP gana el próximo 9 de marzo, vuestra suerte dependerá mucho del color de vuestra piel y de la nacionalidad de vuestros padres y madres. Para empezar, probablemente os quedéis -colores aparte- sin plaza de guardería, ya que en la actualidad no hay suficientes para todas y todos. Así que vuestras madres -con toda seguridad van a ser ellas- tendrán que invertir mucho tiempo y esfuerzo en cuidaros, mientras sus oportunidades profesionales y vitales se ven deterioradas. Después, con un poco de suerte, podréis ir a un colegio en el que las clases sean mixtas -con el permiso de ciertos sectores que empiezan a ser contrarios a la idea-, pero, eso sí, donde los contenidos coeducativos continúen brillando por su ausencia. No os puedo asegurar qué pasará con la Ley de Igualdad, pero con toda probabilidad se va a levantar mucho la mano en todo lo que tenga que ver con vuestros derechos y libertades. Se siente; es algo histórico, propio de este país tan viejo y que no debemos tomarnos a broma. Menuda broma.
Si en algún momento de vuestra infancia y juventud necesitáis un aborto os deseo suerte en el periplo de buscar dónde hacerlo. Yo me alejaría de ciertas Comunidades Autónomas. En cualquier caso, todo en la sociedad va a tender a culpabilizaros y criminalizaros por ello. Por ello, y por muchas otras cosas: por querer conservar un trabajo, por desear el poder, por desear en general.
Si resulta que descubrís que os gustan las niñas en vez de los niños, no esperéis respeto político ni institucional por vuestras opciones y preferencias; ni siquiera esperéis tener derechos. No os extrañéis de que se mire hacia otro lado mientras se os sigue culpabilizando por toda clase de cosas y tratándoos como a personas enfermas.
Un buen día, dejaréis de ser niñas y os convertiréis en mujeres. Y vuelta a empezar. Quizás entonces Rajoy, o quien le sustituya, continúe preocupándose por vuestras hijas.
Yo creo que no. Que no le preocuparán, ni le preocupáis vosotras lo más mínimo. Porque, si no, lo habría demostrado a lo largo de todos estos años. No le han faltado oportunidades. Oportunidades no electorales.
Comprenderéis que me parecieran una crueldad inusitada sus comentarios. Vosotras, niñas nacidas en este país, no votáis aún; espero que vuestros padres y vuestras madres sí lo hagan. Y que al hacerlo piensen de verdad en vosotras y en vuestro futuro.
Saludos.
Pues a mí no me conmovieron lo más mínimo; más bien me revolvieron. Rajoy se declaraba preocupado por la niña que nace, crece y se desarrolla en España; por sus logros, sus problemas y sus oportunidades. Veamos. Para empezar, su elección de género obedece a criterios muy precisos, y en clara consonancia con algunos estereotipos injustos y sexistas que anidan bien arraigados entre todos nosotros y entre todas nosotras. Era fundamental hablar de la niña y no del niño, ya que con ello se apela a los instintos de ternura, cuidado y protección como de ninguna otra forma. Desde luego, aunque sólo sea por eso, hemos de pensar que los derechos de la niña a vivir en igualdad de oportunidades no le importaban en absoluto.
La niña que nace en España; eso quedó claro desde el primer momento. Deberíamos preguntarnos qué pasa con la que no nace en España, sino que nace fuera y viene después. Pero no hace falta que lo hagamos, él mismo lo dejó claro a lo largo de sus numerosas referencias a la inmigración a lo largo de la noche.
Aunque esa niña, llegada desde otros mundos por el deseo y la voluntad de una mejora en sus condiciones de vida, es, desde luego, una niña, el discurso del Partido Popular no se dirige a ella. ¿Estará obligada, al cruzar la frontera de nuestro país, a firmar eso que han denominado contrato de integración? ¿Ese catálogo de buenas costumbres españolas? (No dejo de preguntarme en qué consistirá: ¿comer con los dos antebrazos apoyados en la mesa? ¿ir a misa los domingos? ¿celebrar la Navidad? ¿la desigualdad salarial y doméstica? ¿el techo de cristal? Y, sobre todo, ¿quién va a decidirlo?).
Pero vale, centrémonos en la niña nacida en España, que es la que a Rajoy le preocupa. Tuvo, creo, la decencia de no hablar directamente de igualdad de oportunidades ni nada parecido. Aunque tampoco hacía falta; todos y todas entendimos perfectamente las intenciones del discurso. Y tiene gracia, en su caso, habiendo votado en contra de la Ley de Igualdad, hace menos de un año, y habiéndola llevado ante el Tribunal Constitucional. Tiene gracia, en alguien que utiliza el terrorismo sexista y doméstico como arma política, siempre que puede. En un partido que lleva años negándose a la necesidad de la igualdad entre hombres y mujeres en este país.
Así que, niñas que nacéis ahora, no os hagáis ilusiones. Porque, si el PP gana el próximo 9 de marzo, vuestra suerte dependerá mucho del color de vuestra piel y de la nacionalidad de vuestros padres y madres. Para empezar, probablemente os quedéis -colores aparte- sin plaza de guardería, ya que en la actualidad no hay suficientes para todas y todos. Así que vuestras madres -con toda seguridad van a ser ellas- tendrán que invertir mucho tiempo y esfuerzo en cuidaros, mientras sus oportunidades profesionales y vitales se ven deterioradas. Después, con un poco de suerte, podréis ir a un colegio en el que las clases sean mixtas -con el permiso de ciertos sectores que empiezan a ser contrarios a la idea-, pero, eso sí, donde los contenidos coeducativos continúen brillando por su ausencia. No os puedo asegurar qué pasará con la Ley de Igualdad, pero con toda probabilidad se va a levantar mucho la mano en todo lo que tenga que ver con vuestros derechos y libertades. Se siente; es algo histórico, propio de este país tan viejo y que no debemos tomarnos a broma. Menuda broma.
Si en algún momento de vuestra infancia y juventud necesitáis un aborto os deseo suerte en el periplo de buscar dónde hacerlo. Yo me alejaría de ciertas Comunidades Autónomas. En cualquier caso, todo en la sociedad va a tender a culpabilizaros y criminalizaros por ello. Por ello, y por muchas otras cosas: por querer conservar un trabajo, por desear el poder, por desear en general.
Si resulta que descubrís que os gustan las niñas en vez de los niños, no esperéis respeto político ni institucional por vuestras opciones y preferencias; ni siquiera esperéis tener derechos. No os extrañéis de que se mire hacia otro lado mientras se os sigue culpabilizando por toda clase de cosas y tratándoos como a personas enfermas.
Un buen día, dejaréis de ser niñas y os convertiréis en mujeres. Y vuelta a empezar. Quizás entonces Rajoy, o quien le sustituya, continúe preocupándose por vuestras hijas.
Yo creo que no. Que no le preocuparán, ni le preocupáis vosotras lo más mínimo. Porque, si no, lo habría demostrado a lo largo de todos estos años. No le han faltado oportunidades. Oportunidades no electorales.
Comprenderéis que me parecieran una crueldad inusitada sus comentarios. Vosotras, niñas nacidas en este país, no votáis aún; espero que vuestros padres y vuestras madres sí lo hagan. Y que al hacerlo piensen de verdad en vosotras y en vuestro futuro.
Saludos.
sábado, 23 de febrero de 2008
Explicar la democracia
Han pasado once largos días desde la última entrada, y, entre tanto, un viaje personal, montañas de trabajo y muy poco tiempo para sentarme a escribir. También, hemos asistido al comienzo oficial de la campaña electoral, de cara a los próximos comicios del 9 de marzo. Con todo lo que ello conlleva.
Por eso se me ocurre que quizás sea el momento de contribuir a la misma con algunas reflexiones de fondo sobre lo que verdaderamente está en juego, políticamente hablando, a cada paso.
Pensando en algunas entradas anteriores del blog, y al hilo de algunos comentarios que un amigo me hizo anoche, tengo que reconocer que es cierto que, cuando hablamos de palabras como democracia, como libertad e igualdad, como solidaridad o incluso Derechos Humanos, en realidad podemos no estar diciendo nada. Desde luego, no ha sido esa nunca mi intención. Pero es verdad que el lenguaje político puede ser objeto de las más variopintas y perversas tergiversaciones semánticas. Sólo de ese modo podríamos explicarnos cómo, por ejemplo, dos autores como Friedrich Hayek y Norberto Bobbio emplean la palabra 'democracia' en sus respectivos discursos, tan diferentes entre sí. Hay otros muchos ejemplos en nuestro universo político, tanto a nivel especulativo como práctico.
El discurso acerca de valores como los de la solidaridad, la igualdad o la tolerancia, efectivamente, puede servir, meramente, de adorno de intereses más profundos. Así que todos y todas deberíamos hacer un esfuerzo permanente por aclarar la denotación de nuestras palabras. Debemos esforzarnos, en definitiva, por explicar la democracia.
No pretendo adoptar un tono académico aquí, pero me parece bien mencionar que cuando hablo de democracia me estoy refiriendo al sistema político basado en el poder de la mayoría, entendiendo que esta mayoría se forma y transforma, continuamente, a partir de individuos particulares, diversos y diversas. Estos y estas, en definitiva los sujetos políticos democráticos, son lo que conforman eso que denominamos, usualmente, la ciudadanía.
Además, cuando hablo de democracia, estoy hablando, fundamentalmente, de diálogo. De los procesos dialógicos y deliberativos por los que las mayorías llegan a ser mayorías, capaces de elevar sus consensos y de traducir los mismos en normas efectivas para el conjunto de la sociedad. Todo ese ejercicio de discusión, del tener que dar razones, sería precisamente el alma de la democracia.
Mientras tanto, la libertad y la igualdad ya están jugando su papel. Individuos libres, capaces de defender sus opiniones y opciones de vida, por un lado, y que ven garantizado el cumplimiento de todo el conjunto de derechos básicos e inalienables, también para quienes no son mayoría, y que llamamos Derechos Humanos. Ciudadanas y ciudadanos iguales, con las mismas oportunidades de participar en la formulación y realización de dichos derechos -y deberes-, y de deliberar y consensuar en igualdad de condiciones sobre todas aquellas materias que se definan de interés común.
Junto a todo esto, hablamos también -yo lo he hecho aquí- de tolerancia y de solidaridad. Entiendo, cuando lo hago, que son valores que deben regir en el ejercicio de diálogo democrático, como garantía del respeto a la pluralidad de opiniones y perspectivas. Entiendo, también, que sólo de este modo logramos alcanzar consensos normativos, informados y críticos hacia todo aquello que la propia democracia no puede admitir sin dejar de ser democracia.
Harían falta muchas líneas más, me temo, para explicar todo esto. Sin embargo, creo que se trata de algo indispensable si queremos evitar caer en modalidades de lenguaje y de discurso carentes de significado. O, lo que es peor, con un plus de significado que nunca se confiesa.
Todo esto es lo que, políticamente, nos jugamos cada día. Por ejemplo, cuando escuchamos a los obispos españoles hablando de la vulneración de los Derechos Humanos, y negándole entidad humana, al parecer, a la mitad femenina de la población. Es lo que arriesgamos ante palabras como las de Arias Cañete sobre los camereros inmigrantes. No debemos dudar que todos los discursos institucionales obedecen a compromisos idológicos concretos y muy bien pensados. Sólo que mucha veces cuesta adivinarlos a simple vista, y hay que bucear un poco para sacarlos a la luz.
No importa. Lo haremos. Yo estoy deseosa y firmemente comprometida con el proyecto. Por eso afirmo que, a la luz de lo que leo y escucho, a la derecha de nuestro país le duele la palabra democracia. Es como una herida mal curada, cuya cicatriz se reabriera ante los supuestos ataques de quienes sí estamos dispuestas y dispuestos a apostar por la defensa de los valores que he expuesto más arriba.
Por eso se resisten a hablar claro. Queremos que nos expliquen, sin embargo. Queremos que nos hablen de lo que harían a partir del 10 de marzo, si ganaran las elecciones. ¿Qué harían con la igualdad entre hombres y mujeres? ¿Qué harían con las y los inmigrantes que vienen a nuestro país? ¿Qué harían con la protección de un derecho como es el de la interrupción voluntaria del embarazo? ¿Qué, con la garantía democrática que supone la separación entre Iglesia y Estado?
A mí me encantaría que Mariano Rajoy nos explicara qué piensa hacer con los legítimos derechos de lesbianas y gays. ¿Va a recortarlos por vía lesgislativa? ¿O meramente hará la vista gorda ante lo que, a otros niveles de la Administración, jueces y demás funcionarios y funcionarias decidan que está en manos de su libertad de conciencia? A mí realmente me gustaría saberlo.
Para ser sincera, no tengo demasiadas esperanzas de que me lo digan.
Una opción, por tanto, es esperar de brazos cruzados a verlo con nuestros propios ojos -en el caso de que ganaran las elecciones. Otra, a la que invito fervientemente a que todo el mundo se sume, es empezar a desmontar discursos; a leer entre líneas y sacar el verdadero significado de lo que las palabras -las dichas y las calladas- en realidad dicen.
Porque les duele la democracia. Expliquemos la democracia.
Por eso se me ocurre que quizás sea el momento de contribuir a la misma con algunas reflexiones de fondo sobre lo que verdaderamente está en juego, políticamente hablando, a cada paso.
Pensando en algunas entradas anteriores del blog, y al hilo de algunos comentarios que un amigo me hizo anoche, tengo que reconocer que es cierto que, cuando hablamos de palabras como democracia, como libertad e igualdad, como solidaridad o incluso Derechos Humanos, en realidad podemos no estar diciendo nada. Desde luego, no ha sido esa nunca mi intención. Pero es verdad que el lenguaje político puede ser objeto de las más variopintas y perversas tergiversaciones semánticas. Sólo de ese modo podríamos explicarnos cómo, por ejemplo, dos autores como Friedrich Hayek y Norberto Bobbio emplean la palabra 'democracia' en sus respectivos discursos, tan diferentes entre sí. Hay otros muchos ejemplos en nuestro universo político, tanto a nivel especulativo como práctico.
El discurso acerca de valores como los de la solidaridad, la igualdad o la tolerancia, efectivamente, puede servir, meramente, de adorno de intereses más profundos. Así que todos y todas deberíamos hacer un esfuerzo permanente por aclarar la denotación de nuestras palabras. Debemos esforzarnos, en definitiva, por explicar la democracia.
No pretendo adoptar un tono académico aquí, pero me parece bien mencionar que cuando hablo de democracia me estoy refiriendo al sistema político basado en el poder de la mayoría, entendiendo que esta mayoría se forma y transforma, continuamente, a partir de individuos particulares, diversos y diversas. Estos y estas, en definitiva los sujetos políticos democráticos, son lo que conforman eso que denominamos, usualmente, la ciudadanía.
Además, cuando hablo de democracia, estoy hablando, fundamentalmente, de diálogo. De los procesos dialógicos y deliberativos por los que las mayorías llegan a ser mayorías, capaces de elevar sus consensos y de traducir los mismos en normas efectivas para el conjunto de la sociedad. Todo ese ejercicio de discusión, del tener que dar razones, sería precisamente el alma de la democracia.
Mientras tanto, la libertad y la igualdad ya están jugando su papel. Individuos libres, capaces de defender sus opiniones y opciones de vida, por un lado, y que ven garantizado el cumplimiento de todo el conjunto de derechos básicos e inalienables, también para quienes no son mayoría, y que llamamos Derechos Humanos. Ciudadanas y ciudadanos iguales, con las mismas oportunidades de participar en la formulación y realización de dichos derechos -y deberes-, y de deliberar y consensuar en igualdad de condiciones sobre todas aquellas materias que se definan de interés común.
Junto a todo esto, hablamos también -yo lo he hecho aquí- de tolerancia y de solidaridad. Entiendo, cuando lo hago, que son valores que deben regir en el ejercicio de diálogo democrático, como garantía del respeto a la pluralidad de opiniones y perspectivas. Entiendo, también, que sólo de este modo logramos alcanzar consensos normativos, informados y críticos hacia todo aquello que la propia democracia no puede admitir sin dejar de ser democracia.
Harían falta muchas líneas más, me temo, para explicar todo esto. Sin embargo, creo que se trata de algo indispensable si queremos evitar caer en modalidades de lenguaje y de discurso carentes de significado. O, lo que es peor, con un plus de significado que nunca se confiesa.
Todo esto es lo que, políticamente, nos jugamos cada día. Por ejemplo, cuando escuchamos a los obispos españoles hablando de la vulneración de los Derechos Humanos, y negándole entidad humana, al parecer, a la mitad femenina de la población. Es lo que arriesgamos ante palabras como las de Arias Cañete sobre los camereros inmigrantes. No debemos dudar que todos los discursos institucionales obedecen a compromisos idológicos concretos y muy bien pensados. Sólo que mucha veces cuesta adivinarlos a simple vista, y hay que bucear un poco para sacarlos a la luz.
No importa. Lo haremos. Yo estoy deseosa y firmemente comprometida con el proyecto. Por eso afirmo que, a la luz de lo que leo y escucho, a la derecha de nuestro país le duele la palabra democracia. Es como una herida mal curada, cuya cicatriz se reabriera ante los supuestos ataques de quienes sí estamos dispuestas y dispuestos a apostar por la defensa de los valores que he expuesto más arriba.
Por eso se resisten a hablar claro. Queremos que nos expliquen, sin embargo. Queremos que nos hablen de lo que harían a partir del 10 de marzo, si ganaran las elecciones. ¿Qué harían con la igualdad entre hombres y mujeres? ¿Qué harían con las y los inmigrantes que vienen a nuestro país? ¿Qué harían con la protección de un derecho como es el de la interrupción voluntaria del embarazo? ¿Qué, con la garantía democrática que supone la separación entre Iglesia y Estado?
A mí me encantaría que Mariano Rajoy nos explicara qué piensa hacer con los legítimos derechos de lesbianas y gays. ¿Va a recortarlos por vía lesgislativa? ¿O meramente hará la vista gorda ante lo que, a otros niveles de la Administración, jueces y demás funcionarios y funcionarias decidan que está en manos de su libertad de conciencia? A mí realmente me gustaría saberlo.
Para ser sincera, no tengo demasiadas esperanzas de que me lo digan.
Una opción, por tanto, es esperar de brazos cruzados a verlo con nuestros propios ojos -en el caso de que ganaran las elecciones. Otra, a la que invito fervientemente a que todo el mundo se sume, es empezar a desmontar discursos; a leer entre líneas y sacar el verdadero significado de lo que las palabras -las dichas y las calladas- en realidad dicen.
Porque les duele la democracia. Expliquemos la democracia.
martes, 12 de febrero de 2008
Los invasores
Hace unas semanas me enviaron una especie de historia donde se narraba la historia de San Valentín, al parecer un mártir cristiano encarcelado en tiempos de los romanos, que se convirtió en los ojos de una chica ciega, a la que convirtió al cristianismo, y que, por obra y milagro divinos, acabó recuperando la visión. Quería escribir algo sobre esto, antes de San Valentín, indicando que me parece muy significativo el detalle de la ceguera y el papel que juega en toda esta historia fundacional de nuestras celebraciones amorosas -por las implicaciones que tiene hacia la idea de dependencia, por ejemplo.
Pero, mira por dónde, no voy a hacerlo. Creo que, en estos momentos, el del amor, no es precisamente el tema prioritario.
Resulta que el Partido Popular ha lanzado hace unos días sus medidas electorales en materia de inmigración. Resulta que estas proponen la firma de un contrato con cada inmigrante, en el que este/a se comprometa a seguir y obedecer un catálogo de buenas costumbres.
Bueno, en principio, lo único que sería sorprendente es el descaro para enunciar y concretar los principios que ya sabemos que están ahí: los del racismo y la xenofobia. Y los del miedo, probablemente. Miedo a lo desconocido, a lo que se nos viene encima. Miedo a no poder seguir encogiéndonos de hombros con la indiferencia que, como habitantes de este primer mundo, nos garantiza un uso y disfrute perfecto de las realidades del muticulturalismo. El problema es que el multiculturalismo se nos cuela por las puertas y las ventanas, y entonces deja de ser visto como curiosidad y se convierte en una amenaza. La amenaza de los invasores.
Pero resulta también -y esto es quizás lo más difícil de digerir- que, según las cifras de El País, un 56% de la población española está de acuerdo con las medidas de los populares. Ignoro cómo se haya hecho la encuesta, y quizás el único consuelo sea ese; pensar que no obedece a criterios de objetividad. O eso, o admitir que el miedo, y la xenofobia, están en este país a la orden del día. Me aterra decidirme por una de las dos opciones.
En el fondo, todo esto parte de un planteamiento erroneo. Es el planteamiento que habla de nosotros y ellos, o de nosotras y ellas; que demoniza -y en ciertos momentos también diviniza- a los otros y las otras, los y las que llegan. Y que perpetúa la comprensión de nuestro universo a través de esa polarización entre distintos y distantes mundos: el primero, el segundo, el tercero. Gracias a la globalización, gracias a la inmigración -y digo, y repito, gracias-, sabemos que no hay más que un mundo; estamos todos y todas juntos en esto. Sus problemas son nuestros problemas; nuestros problemas son sus problemas.
Esta es una opción argumentativa ante lo que parece que subyace entre la gente. Otra, es la que escuché ayer al presidente del Gobierno, en una entrevista en televisión, y que podríamos llamar argumentación pragmática. Porque no entra tanto a discernir las causas del problema del rechazo a la inmigración. Él se limitó a recordarle al líder de la oposición, y de paso a todas aquellas personas que defienden sus propuestas, que las medidas judiciales que él propone, respecto a la repatriación de los inmigrantes que vulneren las leyes, ya están recogidas en la normativa actual. Que el código de buenas costumbres que Rajoy promete ya existe, sólo que no es un código de buenas costumbres, sino de derechos, positivos, y de deberes, y que se llama Constitución. Lleva funcionando desde 1978, y después ha sufrido diversas revisiones y retoques -como seguirá sufriendo- hasta llegar a ser lo que actualmente es.
Quizás, tal vez, yo sea demasiado optimista. Puede que la estrategia pragmática sea más eficaz, porque responde a la xenofobia, situándose en su nivel de argumentación, y de este modo evita que nadie se vaya por las ramas. De paso, le recuerda a todo el mundo que vivimos en un país democrático, capaz de darse a sí mismo sus propias leyes. Y recuerda algunos de los contenidos de estas leyes que nos hemos dado. Algo de lo que no tenemos ni idea, al parecer.
Pero tengo miedo. Tengo miedo, no de ser invadida, de ver usurpado mi puesto de trabajo, o de un aumento de la delincuencia en mi ciudad. Tengo miedo del viraje que, según los últimos datos, la mayoría de este país está protagonizando. Porque, como sabemos, la democracia se basa en el juego de las mayorías.
En el de la mayoría, y en el del diálogo y los argumentos, claro. Me temo que, ahora mismo, esta última es nuestra única esperanza. La de quienes nos sentimos demoócratas, y no vamos a conformarnos ante las discriminaciones que se nos proponen desde la derecha. Así que, ya sea por vía teórica, profundizando en las razones de tanto y tan cruel rechazo -lo que obligará, sin duda, a un complejo y quizás doloroso examen de conciencia, pero desde luego también necesario-, o por vía más pragmática y utilitarista, por lo que más queramos, no dejemos de argumentar. Así es como se cambian las mayorías. Cambiemos esta, por favor.
Pero, mira por dónde, no voy a hacerlo. Creo que, en estos momentos, el del amor, no es precisamente el tema prioritario.
Resulta que el Partido Popular ha lanzado hace unos días sus medidas electorales en materia de inmigración. Resulta que estas proponen la firma de un contrato con cada inmigrante, en el que este/a se comprometa a seguir y obedecer un catálogo de buenas costumbres.
Bueno, en principio, lo único que sería sorprendente es el descaro para enunciar y concretar los principios que ya sabemos que están ahí: los del racismo y la xenofobia. Y los del miedo, probablemente. Miedo a lo desconocido, a lo que se nos viene encima. Miedo a no poder seguir encogiéndonos de hombros con la indiferencia que, como habitantes de este primer mundo, nos garantiza un uso y disfrute perfecto de las realidades del muticulturalismo. El problema es que el multiculturalismo se nos cuela por las puertas y las ventanas, y entonces deja de ser visto como curiosidad y se convierte en una amenaza. La amenaza de los invasores.
Pero resulta también -y esto es quizás lo más difícil de digerir- que, según las cifras de El País, un 56% de la población española está de acuerdo con las medidas de los populares. Ignoro cómo se haya hecho la encuesta, y quizás el único consuelo sea ese; pensar que no obedece a criterios de objetividad. O eso, o admitir que el miedo, y la xenofobia, están en este país a la orden del día. Me aterra decidirme por una de las dos opciones.
En el fondo, todo esto parte de un planteamiento erroneo. Es el planteamiento que habla de nosotros y ellos, o de nosotras y ellas; que demoniza -y en ciertos momentos también diviniza- a los otros y las otras, los y las que llegan. Y que perpetúa la comprensión de nuestro universo a través de esa polarización entre distintos y distantes mundos: el primero, el segundo, el tercero. Gracias a la globalización, gracias a la inmigración -y digo, y repito, gracias-, sabemos que no hay más que un mundo; estamos todos y todas juntos en esto. Sus problemas son nuestros problemas; nuestros problemas son sus problemas.
Esta es una opción argumentativa ante lo que parece que subyace entre la gente. Otra, es la que escuché ayer al presidente del Gobierno, en una entrevista en televisión, y que podríamos llamar argumentación pragmática. Porque no entra tanto a discernir las causas del problema del rechazo a la inmigración. Él se limitó a recordarle al líder de la oposición, y de paso a todas aquellas personas que defienden sus propuestas, que las medidas judiciales que él propone, respecto a la repatriación de los inmigrantes que vulneren las leyes, ya están recogidas en la normativa actual. Que el código de buenas costumbres que Rajoy promete ya existe, sólo que no es un código de buenas costumbres, sino de derechos, positivos, y de deberes, y que se llama Constitución. Lleva funcionando desde 1978, y después ha sufrido diversas revisiones y retoques -como seguirá sufriendo- hasta llegar a ser lo que actualmente es.
Quizás, tal vez, yo sea demasiado optimista. Puede que la estrategia pragmática sea más eficaz, porque responde a la xenofobia, situándose en su nivel de argumentación, y de este modo evita que nadie se vaya por las ramas. De paso, le recuerda a todo el mundo que vivimos en un país democrático, capaz de darse a sí mismo sus propias leyes. Y recuerda algunos de los contenidos de estas leyes que nos hemos dado. Algo de lo que no tenemos ni idea, al parecer.
Pero tengo miedo. Tengo miedo, no de ser invadida, de ver usurpado mi puesto de trabajo, o de un aumento de la delincuencia en mi ciudad. Tengo miedo del viraje que, según los últimos datos, la mayoría de este país está protagonizando. Porque, como sabemos, la democracia se basa en el juego de las mayorías.
En el de la mayoría, y en el del diálogo y los argumentos, claro. Me temo que, ahora mismo, esta última es nuestra única esperanza. La de quienes nos sentimos demoócratas, y no vamos a conformarnos ante las discriminaciones que se nos proponen desde la derecha. Así que, ya sea por vía teórica, profundizando en las razones de tanto y tan cruel rechazo -lo que obligará, sin duda, a un complejo y quizás doloroso examen de conciencia, pero desde luego también necesario-, o por vía más pragmática y utilitarista, por lo que más queramos, no dejemos de argumentar. Así es como se cambian las mayorías. Cambiemos esta, por favor.
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